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Camarero, ¡champán¡: Luis Aguilé y su hotel de los líos

No ha habido un programa de variedades que lo iguale. La emisión del show musical de Luis Aguilé, El hotel de las mil y una estrellas, produjo estupor, sueño y polémica, todo a la vez. La canción de cierre, ‘Camarero, champagne’,  fue un hit

26/12/2019 - 

VALÈNCIA. El historial de TVE está lleno de momentos extraños. Especialmente en sus primeros años, cuando el medio intentaba presentar una oferta de entretenimiento y difusión cultural bajo la bota de una dictadura. Entonces murió Franco, llegó la Transición y todo parecía solucionado. La normalización era cuestión de tiempo. La modernización del medio era pan comido. La televisión pública iba adaptándose como podía a los nuevos tiempos, intentando sacudirse años de penuria que pesaban como si fuesen siglos. Llegaron series extranjeras como Yo, Claudio, El aventurero Simplicíssimus o Raíces que mostraban realidades dramatizadas sin tapujos. Y para corroborarlo, un poco de destape, casi siempre a cargo de anatomías femeninas, como la de Victoria Vera, que se convirtió en el emblema erótico con coartada intelectual de la época. A finales de los setenta, la producción propia en TVE se debatía entre renovarse o seguir igual. Y en medio de este escenario, va y aterriza en nuestras pantallas don Luis Aguilé.

De origen argentino pero afincado en España desde principios de los años sesenta, Aguilé encarnaba a la perfección todo aquello que la televisión de entonces quería dejar atrás. Durante años sus canciones habían sido himnos veraniegos de gran calado. Antes de que Georgie Dann reinara, Aguilé ya le había abonado el terreno a base de canciones para cantar beodo en fiestas de bodas y bautizos. La cosa comenzó más o menos en serio con aquel Cuando salí de Cuba, pero el avispado Aguilé se dio cuenta de qué suelo pisaba y la cosa comenzó a desbarrar. El tío Calambres, El frescales, La banda está borracha, La vida pasa felizmente y, por supuesto, La Chatunga, que fue éxito por partida doble: en su versión original y en la acertadísima parodia que Josema Yuste hizo del cantante en el programa de Nochevieja que Martes y Trece protagonizaron en 1989. 

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Durante años, Aguilé y sus canciones en plan viva la vida habían permanecido circunscritas a los programas musicales y de variedades. Pero en 1978 se hizo con un programa televisivo en prime time. Ahí comienza la breve historia de uno de los programas más bizarros de la televisión española: El hotel de las mil y una estrellas. Era una especie de musical adaptado al formato televisivo cuya trama sucedía, claro que sí, en un hotel. Aguilé heredaba dicho establecimiento, un hotel clasicote y un pelín rancio, e intentaba reflotarlo con la ayuda de un impagable equipo que pasaba más tiempo cotilleando y cantando que haciendo su trabajo. Como antagonista tenía a la Agencia Thomson, una inmobiliaria que quería hacerse con el terreno ocupado por el hotel para especular a gusto.

Y en semejante escenario, mientras los malos conspiraban contra él, Aguilé se paseaba por sus dominios, puro en mano, vestido de galán, elucubrando sobre el amor en lo que ahora vemos como una inagotable apología del machismo. Entre medias, números musicales que pretendían emular a clásicos de Broadway, llegando incluso a la versión si el guión lo permitía. Entre medias, la aparición de una estrella —¿de qué habíamos dicho que era el hotel, eh?— que formaba parte de la trama, cantaba, bailaba y despedía el capítulo con Aguilé bajando por la escalera principal del hotel como si Fred Astaire y Ginger Rogers no hubiesen sido más que un sueño. Lo que en manos de Chicho Ibáñez Serrador —con quien Aguilé colaboró como asesor musical para el Un, dos, tres, responda otra vez— o Antonio Mercero habría sido ameno y divertido, aquí se convertía en puro kitsch.

Rocío Dúrcal, Massiel, Mayra Gómez Kemp, Micky, Bibiana Fernández —conocida entonces como Bibi Andersen—, Esperanza Roy o Ángela Carrasco formaron parte de ese firmamento que no había manera de que brillara. Normalmente, el personaje invitado aparecía hacia la mitad del programa, que duraba cerca de una hora. Cuando llegaba ese momento, solo los espectadores más aguerridos —pensemos que entonces había dos canales de televisión— o desesperados seguían frente a la pantalla. Logró el hito de que el respetable echara de menos a Lauren Postigo y su Cantares, espacio al que sustituyó el de Aguilé en la noche de los viernes. Incluso para 1978, El hotel de las mil y una estrellas era, por decirlo de una manera amable, un programa anacrónico. La trama era plomiza, discurría con lentitud. Los diálogos y las canciones eran casposos. Y para más inri, el personaje protagonista acababa con la paciencia del más valiente. De los trece programas contratados solamente se llegaron a emitir once. 

Según se dijo, el programa cayó en desgracia ante los directivos del ente a causa de un striptease. Sí, para que todo aquel cóctel fuese aún más kafkiano, entre señoras de la limpieza que invocaban al amor cantando y botones metomentodo, hubo un striptease. Corrió a cargo de una de las grandes vedetes del momento: Eva León, hermana de Rosa, se había alzado como una sex symbol gracias a sus espectáculos en el Paralelo de Barcelona y a sus desnudos en revistas como Lib e Interviú. También había formado parte de lo mejorcito del celuloide de destape, participando en clásicos del infracine como Las Ibéricas F.C., Lo verde empieza en los Pirineos o Cera virgen; y ojo, que también tuvo un papel importante en esa peli de culto mediterránea que es Con el culo al aire, de Carles Mira. El caso es que León, que era una señora con un cuerpo imponente y que interpretaba a una monja, se ‘desnudó’ (se le vieron las piernas) en medio del susodicho hotel y el programa dejó de emitirse.

Es posible que aquel desnudo fuese el verdadero motivo de la prematura desaparición de El hotel de las mil y una estrellas. Pero a tenor de lo que se fue publicando posteriormente, es también muy posible que no fuera más que la excusa perfecta para quitarse de en medio un programa al que solía acompañar el calificativo de bodrio. Los problemas en el equipo habían existido desde el principio.

El director, Jesús Yagüe, especializado en espacios musicales, se desentendió rápidamente del fracaso del programa y en un artículo de El País fechado en febrero de 1979 aducía que él se había limitado a dirigir una idea de Aguilé. Este, ante las acusaciones de excesivo protagonismo por parte de Yagüe se defendió diciendo: «Yo he sido protagonista como, por ejemplo, lo son de sus series Baretta o Starsky y Hutch. Por lo demás, nos han tratado como si hubiésemos desestabilizado el país con este programa». Así fue cómo terminó El hotel de las mil y una estrellas. Estrellado; y a la vez condenado a convertirse en un clásico del trash hispano, una de esas obras que, descontextualizadas y a posteriori, adquieren un valor totalmente ajeno al de las intenciones originales de sus creadores. 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 62 (diciembre 2019) de la revista Plaza

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