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Estudio Abierto, entrevistas más grandes que la vida

Se estrenó en marzo de 1970 en la Segunda y automáticamente se convirtió en un programa de referencia para el público español. Pronto pasó a la Primera como ‘Directísimo’

21/02/2020 - 

VALÈNCIA.-El formato de talk show —programa con entrevistas en directo, aderezado con actuaciones musicales— fue implantado  por la televisión estadounidense y acabaría convirtiéndose en toda una institución gracias a Johnny Carson, inspirador de todos los que llegaron después, desde Arsenio Hall a Jimmy Fallon. En Carson se inspiró también un periodista español, José María Íñigo, para crear el programa que revolucionó la primitiva televisión española y, de paso, le convirtió en toda una estrella del medio. Aunque en su primera etapa empezó emitiéndose por la segunda cadena de TVE —ese UHF del título de esta sección que quizá a los lectores más jóvenes les suene a arameo—, Estudio abierto fue de esos espacios que dejaban huella en la vida cotidiana española. Era fascinante y polémico a partes iguales, o lo que es lo mismo, una combinación perfecta de periodismo y espectáculo que Íñigo sabía manejar con una maestría poco habitual en un medio tan constreñido como era nuestra televisión.

Desde los comienzos de su carrera, Íñigo tuvo claro que había que salir de aquí para obtener una visión moderna y avanzada de los medios de comunicación y de cualquier otra cosa. Siendo joven viajó a Londres para trabajar en la BBC, donde tomó buena nota de cuáles eran los resortes de la comunicación de los medios en los países libres. Íñigo fue una de las conexiones fundamentales entre el mundo del pop anglosajón y la triste España. Aportó su visión y conocimientos a la radio y la prensa musical de aquí cuando más faltos andábamos de esas cosas. También lo hizo en la pequeña pantalla, con su debut televisivo, Último grito. Con realización de Pedro Olea e Iván Zulueta (el presentador aparece en la película Un, dos, tres, al escondite inglés), Íñigo era el especialista en música de esta extravagancia televisiva que aunaba ficción, reportaje y rock y que presentaba Judy Stephen.

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Estudio abierto no tenía mucho que ver con aquella deliciosa locura catódica que ya llevaba el sello Zulueta bien visible, salvo en una cosa: el ansia de insuflar modernidad a ese mundo provinciano y en blanco y negro que era nuestra producción televisiva. Para empezar, el programa contaba con una sintonía que te dejaba electrizado solo con pasar cerca del televisor. Psyche Rock, por mucho que aparentase lo contrario, no estaba grabado por un grupo de rock sino por el músico vanguardista francés Pierre Henry, que para este tema le dio por experimentar con el moog, uno de los primeros modelos de sintetizador. Todo un delirio sónico que discurre sobre un ritmo a lo Motown y un vendaval de distorsiones sintetizadas y campanas tubulares. El tema era pegadizo y llamativo, pero que semejante locura fuese la identidad sonora de un programa de entrevistas ya dice mucho de la osadía de Íñigo. Para el público español, es imposible separar la música del programa.

El directo era una de las grandes bazas de Estudio abierto. Cada sábado por la noche, el presentador vasco citaba en el plató a una serie de entrevistables. La pantalla se iluminaba, inevitablemente, cuando hacían acto de presencia grandes estrellas internacionales. Catherine Deneuve, por ejemplo, se sentó junto a Íñigo aprovechando que rodaba una película en España. Pero el que dejó patidifusa a España fue Charlton Heston. El pase por televisión de El planeta de los simios estaba reciente, y eso significaba que los telespectadores aún estaban en shock por dos cosas: el apocalíptico final de la película y la visión del cuerpo desnudo de Heston, culo incluido, algo que en aquellos tiempos pacatos y reprimidos era un acontecimiento de gran magnitud. Después de eso, ver al señor Heston, conocido también por haber sido el Cid Campeador, hablando con absoluta humildad y, dato importante, atención, en un castellano bastante correcto, fue ya la repanocha. Al día siguiente el país entero comentaba, en la cola para comprar el pan, en la oficina, en la peluquería o en la whiskería de turno, lo majo que era el actor.

Todo el mundo pasaba por ahí

El producto interior bruto también tenía su presencia y su tirón. Por ahí pasaron a hablar de sus cosas Marisa Paredes, Lina Morgan, Gracita Morales, Luis Prendes, Fofó, Ángel Nieto, Raphael o Antonio Gades. Se organizó un encuentro entre hijos de famosos en el que Lolita Flores o Ángela Molina le explicaban al respetable cómo era ser una niña y vivir en un entorno de artistas. Nino Bravo, Braulio, Mocedades y Tony Ronald actuaron en el programa. Y como jefe de pista siempre estaba Íñigo, al principio sin su emblemático mostacho, ejerciendo su don innato de comunicador y recordando, cuando era necesario, que todo aquello estaba ocurriendo en tiempo real. Como cuando un invitado se empeñaba en tirarle del bigote para comprobar si era o no postizo. O como cuando contemplaba asombrado a un mentalista hipnotizar todo tipo de animales que quedaban grogui ante sus pases de manos. Cada vez que se daba algún tipo de situación inesperada en el plató, Íñigo acababa formando parte de ella. Su nerviosismo y las copiosas gotas de sudor que aparecían en su frente también eran parte del programa.

Hubo entrevistas cuyo eco estuvo escuchándose en la calle durante días. Como cuando el escritor ruso Aleksander Solzhenitsyn presentó Archipiélago gulag y habló de los campos de prisioneros y la represión política en la antigua Unión Soviética. Dominique Lapierre también habló sobre Oh Jerusalem, uno de los grandes best sellers de la época. En la secuela del programa, que conservaba el mismo formato pero se llamaba Directísimo y se emitía en la primera los domingos por la tarde, la escritora argentina Esther Vilar puso el dedo en la llaga que más le duele al macho ibérico, hablando de su libro El varón domado (ojo al título, que estamos en 1975); habló de un empoderamiento de lo más insospechado. Aunque quizá el momento más recordado de esa etapa sea el paso del mago Uri Geller, que dobló unas cuantas cucharillas de café y arregló relojes de pulsera solo con el poder de su mente y dejó al público turulato. Era un charlatán muy listo, al cual desenmascararon en más de una ocasión, pero igualmente, el efecto Geller duró meses. Estudio abierto volvería a principios de los ochenta con más entrevistas chocantes —ahora en color—, como la del delincuente y actor Pirri, aunque ni de lejos cosechó el éxito de sus predecesores.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 64 (febrero 2020) de la revista Plaza

 

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