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EL CALLEJERO

Vivir de tu estilo

Foto: KIKE TABERNER
9/05/2021 - 

VALÈNCIA. Ocho apellidos vascos ha sido la película más taquillera de la historia del cine español con sus 9,5 millones de espectadores y más de 56 millones de euros de recaudación, pero lo cierto es que su presupuesto era tan bajo que casi toda la ropa que luce la protagonista, Amaia Zugasti, interpretada por Clara Lago, es de Rocío Pastor, una estilista valenciana. Durante aquel rodaje, Rocío, harta de tener que estar siempre lejos de Olivia, su hija pequeña, se la llevó con ella y durante esas semanas de trabajo, la niña pasaba el rato sentada en las rodillas de Karra Elejalde o jugando con Dani Rovira.

No siempre fue así y hoy Rocío es una mujer de 53 años que lamenta haberse perdido a sus hijos -Nemo, de 24 años, y Olivia, de 17- tanto tiempo que no descarta dejar el oficio para trabajar en un modesto gabinete practicando la ayurveda, un tipo de medicina tradicional de la India, y la acupuntura facial. Pero eso aún es un proyecto y estos días anda enfrascada en 'Hollyblood', una película de vampiros para adolescentes dirigida por Jesús Font en la que el protagonista es Óscar Casas.

Hoy tiene descanso y pasa esta tórrida mañana de primavera al sol junto a la magnífica casa familiar que tiene en Rocafort y que lleva años recuperando después de un largo tiempo de abandono. Allí está con sus tres perros: 'Negro', una enorme bola de pelo negro que va mendigando cariño de pierna en pierna; 'Willow', una mezcla de Doberman y Rottweiller que, por razones obvias, es el silencioso y atlético guardián de la casa, y la vivaracha 'Peca', una Jack Russell Terrier. Rocío se integra con sus animales, a los que abre la puerta pacientemente cada vez que rascan la madera y se la ve relajada caminando con su vestido camisero con un estampado a juego con sus bambas negras. En la apertura asoma un colgante de la India, el país que le apasiona desde niña, cuando conoció a Teresa de Calcuta, y de donde tuvo que salir pitando a principios de marzo de 2020 cuando empezó a ver que cada día aparecían más noticias sobre eso que llamaban el coronavirus. "Tenía el vuelo para el 14 de marzo, que fue el día que nos confinaron en España, y encima tenía que pasar por Italia. Creo que si no lo llego a adelantar, no hubiera llegado a casa".

Nos sentamos en medio de un jardín asilvestrado donde una escultura blanca de la Virgen se enreda entre hierbajos. Reina la calma mientras los perros van y vienen, y, en el caso de 'Negro' sobre todo viene. Habla de su profesión con amor pero sin pasión. Se nota que ya pasó el tiempo en el que te deslumbra estar al lado de un actor conocido. Y ha estado al lado de actrices tan populares como Catherine Deneuve, Demi Moore, Jessica Lange o Shirley MacLein. También ha trabajado con Fernando Trueba y ha sido ayudante de Lala Huete, una de las grandes figurinistas del cine español. "Lala es muy bestia. Con ella he visto y aprendido mucho, y fue la que me introdujo en Madrid", recuerda con gratitud.

Con los sobrinos de Mariscal en Formentera

El cine es un mundo excitante pero también muy esclavo. En la alfombra roja no se habla de las catorce horas trabajando, de tres o cuatro meses de rodaje, de los días de frío o calor, de los actores malhumorados. No hay Goya al currante más paciente. Aunque también imperan los recuerdos bonitos, como esas películas que salen redondas o un atardecer entre dunas de arena roja en el Sáhara.

Rocío no es una 'chaletera'. Ella y sus once hermanos mayores nacieron y vivieron en Rocafort, en la casa que ahora está en venta y donde ahora ella baja las pulsaciones, el lugar donde se han rodado anuncios de Carbonell, Melones Bollo o Consum, el hogar donde intenta remontar la vida junto a Olivia, que quiere ser maquilladora y peluquera para caracterizar a personajes, cerca también de Nemo, que intenta encontrar su sitio en la música.

No juzga a sus hijos. Su juventud no fue modélica y con 21 años, después de demasiadas rutas del bakalao, un día fue a su madre y le dijo que no podía seguir así, que ya estaba bien de juergas que empezaban un viernes y acababan un lunes. Y su madre, comprensiva, le dijo que Xavi estaba buscando una canguro, que hablara con él. Xavi es Javier Mariscal, quien, en los tiempos del Cobi preolímpico, buscó a una persona que se encargara de su hija y sus sobrinos en la casa que había alquilado en Formentera. Y así fue como Rocío acabó pasando tres meses de verano en una isla que no tiene nada que ver con el destino de moda que es hoy. "Eran finales de los 80 y allí todo el mundo iba en bolas. Yo iba en la moto en tetas y me tapaba abajo con un pareo, nada más. Pero nadie se extrañaba. Iba todo el mundo igual".

Mariscal la recibió el primer día, le dio las llaves de una furgoneta Volkswagen y le confió a doce niños. "También me daba un cheque en blanco cada semana. En Formentera me conocían como la súper canguro porque llegaba a los mercadillos y decía: 'Niños, compraros todo lo que queráis'. La verdad es que fue muy divertido. Los niños se volvieron salvajes".

Al final de ese verano, una cuñada de Mariscal le ofreció irse como 'babysitter' de sus hijos a Nueva York. Rocío tenía 21 años. Ni se lo pensó. Allí empezó viviendo en Brooklyn, pero alguien tan despierto como ella no tardó en prosperar y acabó en Manhattan. Primero estuvo trabajando en un restaurante mexicano y en un italiano. El primero, el Rey del Sol, estaba en Chelsea, entre el Empire State y el Hudson, y se convirtió en un refugio de estrellas que encontraban en aquel lugar pintoresco un sitio para desfogarse. "Venía mucho famoso. Vi al de Talking Heads (David Byrnes), (la actriz) Tatum O'Neal... Era como un sitio clandestino, con un sótano al que la gente iba a huir de la fama y era muy divertido. Tirábamos los cubiertos y a la gente le flipaba. A una hora cerrábamos y a partir de entonces se hacía lo que querías...".

En Nueva York encontró trabajo en la productora de Rubén Blades. Allí conoció a una figurinista, un trabajo que le fascinó y olvidó a la misma velocidad. Cuando regresó a Valencia, Rocío, que había estudiado Artes y Oficios, Diseño de Moda y Fotografía, hizo alta joyería, se enamoró perdidamente y a los cinco meses se quedó embarazada de Nemo. Su cuñada la llamó un día porque trabajaba para Famosa y se había quedado sin estilista. Rocío preguntó qué era eso y a la semana estaba creando el ambiente y el vestuario de los niños. Empecé ese día, con 27 años, y ya no paré. Hacía los decorados, buscaba los muebles y vestía a los niños. Y era modelo de manos. Casi todos los click de Playmobil de la época son con mis manos. Luego me empezaron a llamar para hacer pelis y lo compaginaba".

A la sombra de los veteranos fue aprendiendo el oficio y que el racord  -que no se rompa ni haya fallos en la continuidad entre diferentes planos- es el norte de su brújula. Por eso se crean unos libros llenos de datos y anotaciones, para no perder el hilo de cómo van los personajes. Rocío se levanta, entra en la casa y sale con varios de esos libros entre los brazos. En sus páginas se incluyen unas fotografías con el actor caracterizado y los detalles de todo lo que lleva. Como un falso Versace de Carmen Machi o que Berto lleva su propio reloj o que la americana de Leonor Watling es de Max Mara.

Dice que ya no ganaba lo que ganaba en los buenos tiempos, pero que ahora tiene más tiempo y vive más feliz. La joven hippie que iba a comprar desnuda a Es Caló parece haber recuperado su alma y Rocío, cada día más zen, piensa que la vida no es llenar la cuenta corriente de billetes sino vivir en tu tierra, dormir en su cama y ver a Olivia todos los días. O curar con agujas. Los perros, unos perros bastante zen también, que no ladran, nos acompañan hasta la salida. Y Rocío, preocupada, pide que la dejemos bien, que ella no quiere líos, solo vivir tranquila en esa casa de película de los Pastor.

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